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martes, 3 de mayo de 2011

Bin Laden, el terrorista amortizado.


La alegría con la que la opinión pública de Estados Unidos ha acogido la muerte de Osama bin Laden durante una operación de comandos desarrollada 50 kilómetros al norte de Islamabad, capital de Pakistán, no modifica sustancialmente el peso de Al Qaeda en el mundo musulmán y, en cambio, confirma algunas complicidades preocupantes con el líder por excelencia del fundamentalismo islamista. La mayor de todas ellas es la implicación evidente de una parte del Ejército y los servicios secretos paquistanís en el camuflaje de Bin Laden. Sin la cobertura de Pakistán es inimaginable que Bin Laden hubiera podido sortear durante años la persecución de Estados Unidos.
Para Estados Unidos, tal como ha subrayado la Administración y han corroborado los medios, la gran amenaza para su seguridad sigue siendo Al Qaeda. Cosa diferente es colegir que la organización mantiene la potencia de fuego del 2001, cuando perpetró los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Si entonces era una red terrorista adaptada a los requisitos de un mundo global, hoy es un grupo incesantemente golpeado por Estados Unidos desde la guerra de Afganistán y descabezado en muchos países. De forma que la principal amenaza terrorista para el conjunto de Occidente procede más de las franquicias de Al Qaeda, ideológicamente alimentadas por la prédica del martirio, que del movimiento fundado por Bin Laden.
Lo que sí ha cambiado la muerte de Bin Laden para una parte de la opinión pública de Estados Unidos es la imagen de Barack Obama. Frente al tópico del comandante en jefe indeciso, inclinado a mantener el estatu quo, se ha alzado la del presidente que da la orden de actuar contra el líder de Al Qaeda en su guarida paquistaní. Obama ha concretado un gesto de autonomía absoluta frente a la comunidad internacional muy del gusto de la América profunda. Acaso sea moderada la repercusión electoral del éxito político y militar de Obama a un año y medio de las presidenciales. Pero el golpe de mano en Pakistán deja sin efecto uno de los eslóganes más frecuentemente manejados por los agitadores del Tea Party y los nostálgicos del gran garrote: el cultivo por el presidente del poder blando.
Dicho esto, es de desear que Estados Unidos haga una administración sensata de la desaparición de Bin Laden. En la medida en que sea así, serán menos ruidosas las voces que en el mundo árabe se acogerán a la memoria del mártir.


Fuente: Editorial del Períodico de Aragón.



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