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jueves, 30 de septiembre de 2010

Las lecciones de una huelga general.


En una democracia madura como la nuestra y en la situación que vive el país, carece de sentido hablar de triunfo o fracaso de una huelga general. Oír la palabra éxito en boca de sindicalistas o de políticos suena frívolo. El intento de paralización del país, se logre del todo, a medias o parcialmente, siempre es una cosa muy seria, como lo son las razones que llevaron a los sindicatos a lanzar el desafío del 29-S.
La reforma laboral motivo de la protesta es la más importante y profunda que ha conocido este país desde 1977. No solo reduce los costes salariales a través de un drástico abaratamiento del despido, sino que transforma lo que hasta ahora habían sido las relaciones laborales en las empresas, los convenios y las negociaciones colectivas. En consecuencia, los motivos de esta movilización existen y son importantes, quizá más que en otras ocasiones. Hay que decir que, a pesar de que los servicios mínimos fijados por la autoridad laboral ya aseguraban un cierto seguimiento de la huelga por parte de quienes utilizan el transporte público para acudir al trabajo, los datos más significativos y fiables ponen de manifiesto que ayer se trabajó más que ocho años atrás, en la huelga al Gobierno de Aznar. El consumo eléctrico bajó siete puntos menos que en el 2002. Probablemente, una de las causas de esa aparente contradicción es la situación económica. El descuento de un día de salario importa mucho más hoy que hace ocho años. También se desprende un abierto desencuentro entre una buena parte de los ciudadanos y los sindicatos, no solo por su papel en este conflicto, sino por lo que ha pasado en los últimos tres años. Es indudable que en ese capítulo se incluyen quienes sin confesarlo, quizá sin reconocérselo a ellos mismos, han adoptado una actitud conformista, de aceptación de lo que ocurre desde que estalló la crisis como algo inevitable que les lleva a cargar toda la responsabilidad sobre las organizaciones sindicales. Pero aun y descontando esa atribución injusta, CCOO y UGT tienen ante sí un enorme desafío: cómo defender eficazmente los intereses de los trabajadores en una economía globalizada y en recesión, donde las recetas que hace seis meses eran buenas, ahora son contraproducentes; en un mundo donde los llamados mercados ponen firmes a los Gobiernos. Es demasiado fácil dar una primera respuesta a esa pregunta: no con los piquetes informativos. Por eso no vamos a insistir en esta lamentable cuestión que se repite convocatoria tras convocatoria.



Fuente: Editorial del Periodico de Aragón. 

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