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lunes, 4 de enero de 2010

Crisis económica y liderazgo.

Los especialistas están lejos de compartir un diagnóstico sobre cuál será el comportamiento de la economía española durante el 2010. Mientras el presidente del Gobierno asegura que se confirmará el tránsito de la recesión a la recuperación, y una parte de los analistas comparten esta idea, otros temen que el lastre del paro, cercano al 20%, frene la salida de la crisis de tal forma que retrase la recuperación con relación al comportamiento medio en la eurozona. Lo que no dicen las encuestas ni la prospectiva de los economistas es que todo cambio de tendencia requiere un clima que genere confianza y seguridad. Porque cuando los sondeos indican que la primera preocupación de los ciudadanos, con gran diferencia, es el paro, y, al mismo tiempo, aumenta el desapego político, y se cruzan ambos datos, solo cabe añadir que no habrá verdadera recuperación sin liderazgo político. Sin él y sin el complemento del sentido de Estado exigible a los partidos para que cese la disputa por la disputa como método para desacreditar al adversario.
Sin este requisito, que deben cumplir al unísono los partidos de gobierno y de oposición, es improbable que arraigue la confianza mínima necesaria para que el aumento del consumo tire del carro, como dicen los expertos que es preciso para levantar cabeza. El buen comportamiento de la bolsa, las esperanzas depositadas en el sector exterior y otros ingredientes de la recuperación son insuficientes si el ciudadano medio no tiene una confianza mínima indispensable en el futuro. Si no se siente en buenas manos, es difícil que se anime a consumir.
Lo mismo cabe decir de los instrumentos para la creación de empleo --"mayor agilidad" del sistema productivo, en palabras del presidente-- si el horizonte no está despejado y hay en marcha planes precisos y objetivados. Sin una dinámica positiva de respeto entre los partidos, que de momento está lejos de constituir un hábito de conducta de nuestros dirigentes, es difícil que se acabe con el toma y daca de improvisación gubernamental y críticas a todas horas de la oposición, con un ojo puesto siempre en las encuestas. Los rasgos más específicos de la crisis en España --con la economía del ladrillo, en primer lugar-- no admiten atajos ni practicar un optimismo desmesurado. Otros países que empiezan a ver el final del túnel, con menos empleo destruido y más capacidad de reacción, son el mejor ejemplo de qué hay que hacer.

Fuente: Editorial del Periodico de Aragón.

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