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martes, 20 de abril de 2010

Un caos aéreo con efectos mayúsculos.



La magnitud de los problemas que la erupción del volcán islandés de Eyjafjalla está causando a la aviación europea y, por extensión, a la mundial supera ya con creces la vivida en el 2001 tras los atentados del 11-S. Millones de pasajeros afectados, decenas de aeropuertos cerrados y un porcentaje altísimo de vuelos suspendidos son cifras que reflejan que el caos es mayúsculo. Y lo primero que debe subrayarse es que la seguridad del tráfico aéreo --es decir, de los ciudadanos que suben a un avión-- justifica sobradamente los inconvenientes de la suspensión de la actividad. Aunque los efectos están siendo descomunales, las autoridades aeronáuticas y los gobiernos europeos demuestran, cuando optan por prevenir antes que arriesgar a lamentar, el sentido de responsabilidad que les es exigible. En el caso presente, además, la causa del problema es más incontrolable que otros fenómenos naturales, y si los modelos meteorológicos permiten anticipar la evolución y el final de tormentas o huracanes que afectan a la navegación aérea, en las erupciones volcánicas la previsión es más difusa e imprecisa. La paciencia, pues, es esencial para superar una crisis que, por lo demás, no solo está causando unas pérdidas astronómicas a las aerolíneas sino que empieza a dañar a sectores de la economía productiva cuando Europa aún convalece de la recesión. En una situación tan excepcional --que puede agravarse hoy con el inicio de la semana laboral-- es básico tanto que las autoridades refuercen en lo posible los transportes alternativos al avión para paliar el caos como que se vehicule con la máxima rapidez y fiabilidad la información a los afectados para que no aumente su desamparo. Y a las aerolíneas y los operadores de viajes en general hay que exigirles la mayor responsabilidad a la hora de resarcir a las legiones de pasajeros que no han podido tomar el avión para el que habían pagado un billete. La magnitud de un fenómeno como el que estamos viviendo dará lugar a un volumen de reclamaciones sin precedentes en el que las administraciones públicas deberán vigilar que se respeten los derechos de los consumidores.
La crisis de las cenizas volcánicas recuerda a los humanos del siglo XXI su auténtica dimensión frente a la naturaleza, pero es también un reto para que la ciencia y la ingeniería aeronáutica investiguen cómo afrontar el problema, infrecuente pero repetible, de forma que la próxima vez tenga un efecto menos devastador.




Fuente: Editorial del Periódico de Aragón.

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