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sábado, 30 de octubre de 2010

Un deber de España.


Hoy que se cumple el centenario del nacimiento de Miguel Hernández Gilabert, conviene recordarlo como dijo el gran Pablo Neruda a plena luz, y además es un deber de España, un deber de amor.
Como puede ser que aquel pastor de cabras que al final estudio el bachillerato en el colegio de Santo Domingo de Orihuela, hasta que su padre le obliga al abandonó de los estudios para dedicarse en exclusiva al pastoreo, aunque poco tiempo después cursara estudios de derecho y literatura, que pasaría por ser colaborador de José María de Cossío, que colabora además con asiduidad en Revista de Occidente, que se presenta a Vicente Aleixandre y hace amistad con él y con Pablo Neruda; que a la muerte de Ramón Sijé, le dedica su extraordinaria Elegía, que provoca el difícil entusiasmo de Juan Ramón Jiménez en una crónica del diario El Sol, que después de innumerables trabajos escribe Vientos del pueblo, destinado a la 6ª división, que hasta que fuera enterrado en el nicho número mil nueve del cementerio de Nuestra Señora del Remedio de Alicante, el 30 de marzo de 1942, tras pasar un agonía por diferentes cárceles después de ser entregado por la policía de Salazar a la Guardia Civil, deba según Neruda encender la pasión de una nación en su recuerdo.
Pues es sencillo, a la vista de las actuaciones de algunos pintorescos personajes que se llaman a si mismos escritores, observamos con estupor la altivez de algunos de ellos, como Reverte, que sin autorización de nadie se permite menospreciar a representantes de los ciudadanos, le guste o no le guste y ya como colofón, debemos con repugnancia manifiesta escuchar los relatos de sus actos pederastas a Drago, todo ello contado en un libelo publicado al alimón con Boadella, que esta como una regadera. Eso sin dejar de poner de manifiesto la actitud inconfesable de la derecha, tanto en un caso como aun peor en el otro, por el sostenimiento por parte de la señora Aguirre en la televisión publica madrileña del inefable Drago.
Como dije antes es muy sencillo, la luz debe de reinar y despejar las sombras, no se puede admitir comparación alguna entre creadores como Miguel Hernández, que compilan y nos hacen ver con los ojos cerrados todo un mundo, repleto de emociones de libertad de justicia y este cuadrilla de mediocres, soberbios y facinerosos que parecen ser el reflejo de este tiempo de rabia. Por lo menos para los populares, digo los peperos.

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