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miércoles, 17 de febrero de 2010

Desde la razón.

Llevo unos cuantos días oyendo mucho la palabra "tolerancia", así que acudo al diccionario de la RAE: "respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias". Está muy bien entonces el concepto de tolerancia, si bien inquietan algo los dos primeros significados de tolerar ("sufrir, llevar con paciencia" y "permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente"): denotan que algo se tolera desde una situación de presunta superioridad del tolerante. (Repárese simplemente en "esto no se debe tolerar" o "esto no te lo tolero" o- "casa de tolerancia").
No todas las ideas son tolerables. Por ejemplo, las atentatorias contra los derechos humanos. Igualmente, sería ridículo afirmar que hay que tolerar la ley de la gravedad o que la vida está directamente vinculada a un código genético escrito en la molécula de ADN o que El Quijote fue escrito por Miguel de Cervantes Saavedra. Se trata de hechos probados, comprobables y accesibles a todos desde y por la razón. Una teoría científica o un dato racional no se toleran, sino se verifican o se refutan científica y racionalmente. Tolerables son las opiniones, creencias y costumbres existentes en un entorno donde mayoritariamente se opina y obra de distinta forma. El burka o comer perro o creer que el alma entra en el zigoto en el momento de la concepción o las corridas de toros son toleradas o no dependiendo del tiempo y del país en que se viva. Sin embargo, el cuidado y la educación de los niños, el derecho al trabajo o la condena de la tortura y la explotación infantil no pueden ser objeto de discusión sobre su tolerancia o intolerancia, pues forman parte de los derechos universales de la humanidad.
Impera la intolerancia cuando y donde la razón ha sido desterrada como principio rector universal, cuando y donde se renuncia a probar la validez de unas creencias y opiniones consideradas intocables o universalmente verdaderas por inspiración divina. No se es intolerante, por ejemplo, cuando uno se limita a constatar que dos grupos fuertemente enfrentados de cientos de millones de personas afirman que su dios respectivo, presuntamente creador del universo, se ha dedicado a dictar literalmente e inspirar sendos libros sagrados (Biblia y Corán, "palabra de dios") a sus respectivos pueblos elegidos, y a comprobar los errores científicos y las aberraciones inhumanas, discriminatorias y atentatorias contra los derechos humanos elementales allí existentes. No es intolerante el estupor al leer que el arcángel Gabriel conversó con Mahoma en su cueva, revelándole el Corán o que descendió para extraer del corazón de Mahoma un coágulo negro, lavarlo en un recipiente de oro y devolverlo purificado al tórax del profeta.
No es intolerancia la estupefacción ante la creencia de que un supuesto fabricante del universo se preocupa por las relaciones sexuales fuera de la pareja institucional, los preservativos, el prepucio, el disfrute sexual sin coito, comer cerdo, ingerir bebidas alcohólicas, la conservación de un tejido denominado himen, o trabajar el viernes o el sábado o el domingo, según los casos y los dioses. Desde la razón no es intolerancia cuestionar por qué quien dice hablar con extraterrestres es tenido por demente, pero quien afirma hablar con el creador del universo, que le atiende, cuida y escucha personalmente, es una persona cuerda y respetable.
Mil cuatrocientos millones de musulmanes creen fervientemente que tarde o temprano todos nos convertiremos al islam, que su gran deber es luchar denodadamente por ello, que se nos castigará terriblemente a los incrédulos y que los fieles disfrutarán en un Jardín maravilloso con distintos grados de bienaventuranza. Otros tantos cristianos creen que su dios es uno y son tres a la vez. Mahoma ascendió a los cielos sobre un caballo alado y Jesús de Nazaret también subió, aunque sin ayuda, tras haber resucitado. El arcángel Gabriel entregó a Abraham la Piedra Negra o Kaaba, un aerolito originariamente blanco, ennegrecido después por los pecados de los hijos de Adán. El 2 de enero del año 40, la anciana madre de Jesucristo se apareció entre ángeles a uno de los apóstoles en Zaragoza, antes de ascender también a los cielos, dejando una columna de jaspe como prueba de su visita, sobre la que estaba subida y encomendando la construcción allí de una iglesia. Desde la razón, la carga de la prueba corresponde a quien afirma la existencia o la verdad de tales hechos. Y mientras esto no ocurra, desde la razón no es intolerancia situar todo ello en el mundo de la mitología.
Se trata ciertamente de creencias tradicionales, respetables siempre que se tenga claro que pertenecen al ámbito privado de cada conciencia y de leyendas ancestrales. Las distintas opiniones y costumbres pueden convivir entre sí sobre el principio de una multiculturalidad asumida, en un marco universal, perteneciente a todos por igual, donde la ciudadanía, más allá de sus ideas y creencias, desde el patrimonio común de la razón, desde los derechos humanos universales, cuenta con un espacio común, publico: un Estado civil, aconfesional y laico.






Fuente: Antonio Aramayona en el Periodico de Aragón.

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