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martes, 30 de marzo de 2010

El fracaso de la mano de hierro de Putin.

Los sangrientos atentados de ayer en el metro de Moscú, uno de los mayores y más utilizados del mundo, son, además de una barbaridad que ninguna lucha puede justificar, una humillación para el primer ministro Vladimir Putin, un político de hierro que se sirvió de la lucha contra el terrorismo separatista de Chechenia como palanca para escalar al poder. Y más aún tratándose de un hombre que hizo carrera en el antiguo y temible servicio secreto soviético, el KGB, porque si algo ha fallado en estos atentados ha sido la información dado que las amenazas eran serias. Hace pocas semanas, Doku Umarov, el autoproclamado emir del Cáucaso, había advertido de que golpearía en todo el territorio ruso.
En el 2009, Putin declaró con toda solemnidad que la guerra en Chechenia había terminado y, ciertamente, la calma llegó a la capital, Grozni, así como el dinero para su reconstrucción de la mano del Gobierno títere al servicio de Moscú, de Ramzán Kadírov. Sin embargo, la violencia no ha cesado en el resto de la república caucásica y se ha multiplicado y extendido a los vecinos Daguestán e Ingushetia. Ahora ya no es de matriz independentista como pudo serlo tras el fin de la Unión Soviética, sino que se trata de terrorismo yihadista, que la arbitrariedad, la corrupción, la brutalidad de las fuerzas rusas y la impunidad, sumadas a la pobreza de la zona, no han dejado de alimentar. La bomba, el pasado noviembre, contra el tren que une Moscú y San Petersburgo, que causó una treintena de muertos, alertó de la capacidad de acción de los terroristas fuera de su territorio.
Atentar en el corazón de Moscú por primera vez en seis años y hacerlo en la estación de Lubyanka, donde se encuentra la sede del Servicio Federal de Seguridad (FSB, antiguo KGB), es un salto cualitativo de los terroristas que no pasará desapercibido por un Putin puesto en evidencia. Su reacción ha sido declarar que "serán liquidados". Hace unos años prometió perseguirlos "hasta en las letrinas", pero sus métodos no han dado resultado. En el Cáucaso norte, el primer ministro ruso está aplicando los mismos métodos que antes impusieron la Rusia zarista y la soviética. La mano de hierro no funciona y quienes se han atrevido a denunciarlo también han pagado con su vida. Como ayer pagaron con la suya decenas de inocentes, las fotos de cuyos cuerpos EL PERIÓDICO, en aplicación del acuerdo de la prensa española tras el 11-M, no publica por respeto a las propias víctimas.




Fuente: Editorial del Periodico de Aragón. 

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