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jueves, 8 de julio de 2010

Rajoy se toma un respiro.



Parece ser que Mariano Rajoy ha decidido dejarse ir. ¿Qué quiere decir esto? Según unos, quiere decir que ha considerado que ya ha hecho lo suficiente para obtener el poder y que el fruto seco del actual Gobierno caerá directamente en sus manos sin el menor esfuerzo añadido al realizado hasta ahora, por lo que lo mejor es quedarase quieto. Según otros, que lo que consideró es que se ha pasado y que la insistencia en una política de oposición basada en el deterioro de la imagen no solo del Gobierno sino también la economía española e incluso del propio Estado y de sus instituciones más representativas, no podía acarrearle, en el futuro, más que la reprobación de un electorado harto de sentir devaluada su confianza en las instituciones democráticas, depauperada hasta la exasperación la debida confianza en sí mismo y en los instrumentos de los que la sociedad civil dispone para hacer frente a las situaciones de crisis o de emergencia nacional.
Sobre esta segunda opción viene a incidir el consenso internacional habido respecto de la política desarrollada por el presidente Zapatero en las últimas semanas. Se trata esta de una valoración, la expresada por los gobiernos, los gobernantes y las instituciones extranjeras, sobre las últimas medidas de la política anticrisis arbitradas por el presidente del Gobierno español, que supone una desautorización implícita de la de oposición seguida por Mariano Rajoy.
LA OPOSICIÓN a la política de un Gobierno democrático ha de regirse por reglas y normas de obligado cumplimiento a no ser que se quiera conducir al país a un estado de cosas que acaben por ser lamentadas, cuando no corregidas, por la mayoría del electorado. En el caso de existir un problema de terrorismo político, la oposición, salvo flagrantes casos de incursión fuera del ámbito de la legalidad constitucional, debe apoyar al Gobierno y, en caso de estar en desacuerdo, procurar ganar las elecciones para aplicar la suya propia, preferiblemente distinta de la criticada.
EN EL CASO de la política internacional, la opinión no puede deteriorar la seguida por su Gobierno sin que ello afecte a la credibilidad del país en los foros extranjeros e incluso al propio prestigio del Estado. Si a esto se añade que, en una situación de crisis económica y de valores como la que atravesamos, la oposición se ocupa decididamente, llevada de sus legítimos intereses de partido, en mermar la confianza de los ciudadanos en sus propias capacidades colectivas y de paso arrastrar a la opinión internacional a situarse en unos territorios de dudas y vacilaciones críticas sobre la realidad económica española, es lógico que esa factura acabe a cargo de esa oposición, ciega por el afán de gobernar al coste que sea preciso, y, esa factura, acabe por ser extendida en una celebración electoral, único medio democrático de ser pasada al cobro. La consciencia de que esto haya podio resultar efectivamente así, parece ser que es la que le ha indicado a la oposición que lo mejor que puede hacer su líder es dejarse ir y esperar a que rinda sus frutos el perfecto trabajo de corrosión realizado hasta ahora. Si los rinde, claro.
No otra cosa es lo que indica una de las últimas encuestas realizadas. En ella, el 83% de los empresarios desaprueban la gestión que hasta ahora ha realizado el presidente del Gobierno al tiempo que el 76% de ellos desaprueban también la gestión que Mariano Rajoy ha realizado de su política de oposición; de forma que el 80% de los empresarios, en un alarde del pragmatismo que les es propio, por no decir consustancial, opina que no se deben convocar elecciones y proceder al relevo del Gobierno, sino que será suficiente con arbitrar los debidos cambios en el Ejecutivo; unos cambios que permitan salir de la crisis por el camino recientemente emprendido.
He aquí cómo lo que durante meses se ha venido comentando en este mensual encuentro acaba tomando forma. Era necesario que el líder de la oposición se tomase un descanso en su carrera hacia la Moncloa. Su aspecto actual es el de quien sale disparado dispuesto a batir el récord de los 400 metros vallas y, cuando se acerca a la curva de los 200 es advertido de que no, de que de lo que se trata es de batir el de los 800 pero, cuando está llegando a ellos, recibe un nuevo aviso conminándolo a seguir hasta los 3.000 obstáculos para, finalmente, tener que contemplar, angustiado, cómo sus colaboradores, compungidos, reconocen que no, que ni los 400, ni los 3.000, que lo que se está corriendo es una maratón y que hay que tomarse un respiro.
ESE RESPIRO PUEDE puede retirarlo de la carrera, o no, pero juega a favor de una realidad que se había considerado inocua cuando no olvidada. La de que hay más competidores y que, de entre todos ellos, el presidente del Gobierno da la impresión de estar empezando a superar lo que Mariano Rajoy, gran aficionado al ciclismo, debe conocer muy bien: la pájara; ya saben, la desorientación, el desamparo y el agotamiento que invade a los ciclistas subiendo los altos picos en las etapas de montaña. Aún queda mucha etapa. Mucha carretera por delante.



Fuente: El Periódico de Aragón, Alfredo Conde.

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