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miércoles, 19 de mayo de 2010

Entre los escombros.



 



Más allá de las consideraciones legales y jurídicas del «caso Garzón», expuestas copiosamente por numerosos analistas y expertos, más allá incluso del trabajo de demolición de un juez perpetrado por algunos de sus colegas y en los oscuros desvanes del corporativismo judicial, queda aún la posibilidad de sentarnos entre los escombros y contemplar el desaguisado.
Con el cuento de que investigar los crímenes del franquismo es reabrir las heridas del pasado, siguen abiertas en canal las heridas de miles de desaparecidos, defensores de la democracia, las libertades y la Constitución que prometieron cumplir; queda aún abierta también la herida del recuerdo y de la memoria de sus familias y de los camaradas que les sobrevivieron; continúan abiertas la herida de cómo es posible hablar de democracia cuando la parte más casposa y roñosa del país impone su ley y sus querellas a cuantos exigen y necesitan que los restos de los suyos salgan del abandono al que los dejó la dictadura franquista, a cuantos exigen y necesitan que la honra y la dignidad de los suyos quede restituida desde el reconocimiento y la gratitud de todo el país.
Si el juez presuntamente prevaricador ya no puede investigar los crímenes del fascismo celtibérico (especialmente los cometidos por una de las partes que presentaron la querella contra Garzón: Falange Española), seguramente no habrá ya juez sustituto o no sustituto que ose intentar poner el cascabel al gato. Nos han bombardeado hasta el hastío con que hay que olvidar en aras de una reconciliación nacional y de una transición democrática, que incluso se ha presentado después como modélica. Han pretendido persuadirnos mediante la falacia de que la amnesia histórica es uno de los mejores síntomas de la buena salud de la democracia española. Primero se agazaparon tras partidos políticos que sirvieron de refugio y escaparate a verdaderas figuras de la dictadura franquista, ahora se encaraman sobre algunos grupos ultraderechistas para sepultar cualquier intento de investigar los crímenes perpetrados por sus colegas de antaño. Forman un complejo entramado de intereses y demuestran a los ingenuos que nunca se han ido. Siguen activamente presentes en no pocos estamentos del Estado y de la sociedad, incluido uno de los tres poderes donde se asienta el sistema político: el poder judicial.
Si el juez presuntamente prevaricador ya no puede trasladarse a la Corte Penal Internacional por estar apresuradamente suspendido cautelarmente como juez de la Audiencia Nacional, los boquetes en el pecho y en la cabeza de decenas de miles de fusilados por falangistas y fascistas en general seguirán sangrando en las tapias de los cementerios, los miles de muertos en cárceles y campos de concentración seguirán amontonados en fosas anónimas, los miles de exiliados forzosos seguirán muriendo de penuria, de pena y de nostalgia en la lejanía. Para colmo, quienes reivindican la memoria y la Memoria, chocan contra la tibieza socialista y contra el elocuente silencio del Partido Popular, adobado con una querella del PP contra Garzón archivada por el Tribunal Supremo por falta de indicios. Estos días han chocado también contra el corporativismo y el revanchismo de unos, y la flema de otros que parecen pasearse por el limbo legal, dentro del mundo judicial.
El fascismo no es solo una tendencia del pasado en nuestro país, sino también un imperativo de algunos sectores en el presente. Son muchos siglos de privilegios sin cuento, de poder hacer del país y del entorno lo que se quiera y como se antoje, de someter al ciudadano a sus dictados y tratarlo como súbdito, de presentar los derechos y las libertades como un atentado contra el buen orden y las sanas costumbres, de no tener que rendir cuentas a nadie. El fascismo pervive, interpone querellas mediante sindicatos ultraderechistas y grupos nostálgicos del fascismo, muta a veces en extraños entes que se manifiestan por las plazas y calles entre el frufrú de las sotanas y la supuesta defensa de la familia y de la vida.
Si el juez supuestamente prevaricador ya no puede investigar, habrá que ver en qué queda realmente el sumario abierto a la trama corrupta Gürtel y la implicación del Partido Popular entre tamaño detrito. Incluso no es descabellado pensar que, si bien la investigación de los crímenes del franquismo ha sido el detonante, el verdadero factor determinante para la caída de Garzón han sido los problemas ocasionados al PP por toda esa investigación sobre corruptelas y megacorrupciones. Y es que, cual vasos comunicantes sometidos a igual presión, la ofensiva de la ultraderecha se nivela con el alivio de los populares a costa de que un juez ha quedado suspendido por investigar los crímenes del franquismo y de que unos familiares sigan tragándose solitos el dolor y el abandono de sus seres queridos asesinados y desaparecidos.



Fuente: El Periódico de Aragón, Antonio Aramayona, Profesor de Filosofía.

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